Hace tiempo que vengo creyendo que ya no existe alma en la gente. O por lo menos si está ahí es como un ente inocuo y sin vida que capitaliza para sí un envase plausible de ser modificado al antojo de la sociedad en la que se desenvuelve. Es horrible pensar que ya uno no es dueño de sí mismo sino de los demás, y como a los hermanos, no hemos de elegirlos, sino simplemente aguantarlos.
Por otro lado, y como respuesta natural a este fenómeno, surgen los más diversos medios de evasión de la realidad. Hay quienes toman a diario algún tipo de alcohol o consumen alguna droga, hay quienes van al gimnasio a reventarse las articulaciones, y otros que desparraman mierda en pequeñas dosis en su entorno; pero los más peligrosos, son los internautas.

Desde siempre conozco el dicho “no sirven los extremos, hay que buscar el equilibrio”, y justamente es lo que se me ocurre ahora para estos últimos. Por un lado, el extremo del tarado/a que ventila su vida a todo el mundo, y que honestamente no me interesa (vía Facebook, hi5, y otras redes sociales) y por el otro, el pobre desgraciado/a que se recluye y se interna en una oscura vida decadente tras la pantalla y el teclado. Si sale de la madriguera es para servirse un poco más de café. Aunque ahora que lo pienso en ambos casos pasa lo mismo.
¿A qué voy con todo esto? Sé que cada vez mis posts son más insurgentes y desvariados, pero póngase a pensar: esa persona que tiene 50.000 amigos en Facebook, ¿realmente los tiene? ¿O es que ha encontrado una vitrina cual barrio rojo de Ámsterdam para ofrecer un producto digno de comprar? Últimamente el consumo de carne se ha elevado bastante, y por ley de oferta y demanda, ésta ha bajado su precio, incluso hasta utilizar como moneda de cambio el interés etéreo de un rato para llenarse de algo que reduzca la ausencia de dolor. Es como esa pastillita que calma pero no ataca la raíz del problema, como el alcohol y las drogas que mencionamos al principio.
Los demás me miran por cómo me veo en tal o cual foto, me envidian por este u otro viaje, se ríen de mi peso o sobrepeso, se maravillan falsamente por mis “hermosos/as niños/as”. ¿A quién le importa todo eso realmente? En definitiva lo que estamos haciendo es abrir nuestro álbum familiar a la comunidad, dando razones al degenerado para desear a nuestras parejas y/o hijos/as, calentando sopas que no vamos a tomar, y relatando hazañas que no han de aportar en nada a nadie.
¿No es que el alma gobierna un yo interior que realiza al ser humano y lo dignifica? ¿Esa misma “cosa” que nos conecta con el otro más allá de lo superfluo? Qué se yo. Bajo ningún concepto la soledad puede ser borrada con una máquina. Por más que uno se “conecte” con otra persona, faltan aún sus gestos, su calor, el aroma de la piel y lo que es más importante, sus latidos; para sentir realmente que ese otro/a vibra con nuestro pesar, nuestra dicha o excitación.
¿Existirá el alma todavía? ¿O será que está durmiendo a espera de ser rescatada como pasa en los cuentos? Yo creo que hace tiempo que no existe pero nada me haría más feliz que estar equivocado.

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