martes, abril 19, 2005

La micro-economía


De chiquito mi madre me paseaba en el 121 con dirección a Pocitos, en pro de innumerables visitas al médico que tarde o temprano - más temprano que tarde - empecé a odiar. Éramos muy amigos con la pediatra hasta que un día me preguntó si le miraba la cola a las mujeres. Obviamente esto me puso en aprietos, y aunque recordé un par de pantalones ajustados, por honor le tuve que decir que no.

Para quienes viajan a diario en los micros de Santiago lo entenderán, y para los que no, ahí me cuentan. El precio del petróleo ha subido varias veces en lo que va del año (y de la semana). Pequeño problema. El alza del crudo hace que suban los refinados, y con ellos que adelgace el bolsillo de los usuarios. Créame estimado lector, que sé bastante de adelgazar, y aunque ahora pueda reconocer que me gusta mirar chicas en los colectivos, cada día es una tarea más difícil.

Las protestas por la suba de $ 20 en el boleto no tardaron en llegar, tanto estudiantes como adultos salieron a manifestarse en las calles en contra de la medida. Tanto fue así que Carabineros tuvo que intervenir con camiones cisterna y bañar a unos cuantos que hacía días no se mojaban, sobre todo en la zona desértica de Arica. Al principio fueron marchas tranquilas, cortaban el tránsito, aplaudían un poco, lanzaban algún que otro garabato contra el gobierno y nada más. Las cosas se complicaron cuando estudiantes empezaron a romper vidrios, micros, taxis, subirse a los árboles, golpear a sus compañeros, incendiar gomas, y asesinar animales callejeros que nada tenían que ver.

Cuando los camiones de carabineros se hicieron presentes quedó demostrado que esto era una situación de violencia atroz, fue utilizada la fuerza bruta para disolver las marchas e incluso “marcharon” unos cuantos tras las rejas. Era evidente cada vez que se busca algo se hace lo contrario. Porque si se hiciera lo correcto se llegaría al fin inmediatamente, pero eso no resulta tan divertido y más cuando muchos se tomaron la marcha como un carrete a media tarde.

El presidente de la nación Don Ricardo Lagos, actuó de forma rápida queriendo ayudar de buena voluntad a los afectados, dándoles dos bonos de $ 8.000 para tratar de paliar la situación. Mi pluma - siempre atenta a las manifestaciones culturales – no quiso pasar desapercibida, y una vez más quiso preguntarme ¿qué pasará después? Claramente es algo que no le puedo responder, pero mientras tanto le tendré que inventar una excusa, como por ejemplo que no hay bien que por mal no venga, o que no se preocupe porque tinta y papeles siempre van a haber. Lo que no sé como decirle, es que Ricardo nunca va a ser entendido, primero porque se acercan las presidenciales, y segundo, porque hace mucho tiempo que no le mira la cola a las mujeres.

lunes, abril 04, 2005

¡Yo llegué primero!


Nunca fui un tipo competitivo. De niño los juegos generalmente me ofuscaban porque siempre tenían como base la competencia, ergo hay uno que gana y otro que pierde. Así, si jugábamos al fútbol, la cosa terminaba en un 5 a 3 o si era a 10, cerrábamos 10 a 6, etc. Esto siempre y cuando no empatáramos a 9, en cuyo caso era “a morir a 11”, y siempre moría. La ventaja que siempre me llevaron era bastante evidente, era un flaco, petiso, que no tenía muchas destrezas deportivas y además, siempre era el más chico. Los juegos de mesa también me suponían ciertos problemas, uno de mis tantos sufrimientos fue con la batalla naval, ¿por qué siempre encontraban y hundían mis barcos antes que yo los de ellos?

Obviamente todas estas cosas fueron alimentando mi rechazo hacia cualquier actividad que demandara luchar con cualquier rival por ser mejor. Tarde o temprano la paciencia y la esperanza se pierden amigo mío. Pero hoy en día tengo la obligación de competir. De ser el mejor de mi clase para tener más nota y que los profesores me quieran más. De ser el mejor de la carrera para tener más promedio y que los empresarios me quieran más. De ser el mejor en una empresa para que el Presidente me quiera más. Y entre más y más compito, y más y más gano, más pierdo, porque detrás de mí dejo cabezas tiradas por las acciones de mis guillotinazos.

En estos últimos días se ha vivido una tensión impresionante como hacía tiempo no ocurría. Una tensión de paz, de esperanza, de emociones encontradas. El proceso hacia la muerte del Papa Juan Pablo II fue seguido por millones de espectadores a nivel mundial, entre ellos yo. Estábamos expectantes de ver qué pasaba ese viernes 1º de abril donde su salud había empeorado, y a cada instante los periodistas repetían que ahora estaba lúcido, y ahora le diagnosticaron infección urinaria, y ahora esto, y ahora aquello, ¿y ahora?

Horas antes de su fallecimiento (el sábado 3 a las 15:47 hora Chilena) la CNN en español, la agencia EFE y la cadena ABC ya lo habían anunciado. Creo que los Sres. CNN, EFE y ABC no se daban cuenta de que en ese momento, todos sabían que iba a morir, pero que nadie quería escucharlo de sus bocas. Por ser los primeros en tener “la noticia” jugaron con las emociones del mundo entero vaticinando lo que era obvio que iba a pasar, pero como si fuera una certeza y (poniendo intereses económicos de por medio) confundiendo al mundo entero.

Particularmente detuve mis actividades tanto viernes como sábado, como un hincha pendiente de un partido trasmitido en diferido. Sabía cual era el final, sabía también cómo sería, pero hasta que no llegó, no lo quise reconocer. Sin embargo vi en ese partido cosas que no me esperaba, jugadas insolentes de estos Sres. que disgustaron a mucha gente más. Por suerte (o gracias a Dios), el periodismo chileno no paraba de repetir que eran datos extra oficiales, y que de darse la noticia, Joaquín Navarro Valls lo diría. Efectivamente, Navarro Valls dio la noticia, ¿saben cuando? Cuando hice un impase en mi seguimiento televisivo y fui a chequear el correo electrónico.

En medio de tanta invasión de medios que peleaban por dar la noticia, me perdí el momento exacto en que el partido terminó. Lo primero que recordé en ese momento fue el cuento del lobo y las ovejas; y lo segundo, que una vez más había perdido.