domingo, marzo 20, 2005

¿Sube? Para eso se hizo señora.

Despejado, 25 la máxima

¡Jajajajaja! Todavía me sigo riendo del chiste que me contaron (hace quince años). ¿Sabés como se dice ascensor en árabe? ¡Aliva va y abajo también! ¡Jajajaja! Bueno. Ya pasó. ¡Jajajaja! Cortala. Bueno.

¿Alguna vez se preguntó cuantas veces utilizó un ascensor? Particularmente me he subido unas cuantas, ya que viví 18 años en un edificio, en el piso 9. Aquella caja de metal demoraba 45 segundos en llegar a casa. Cuanto tiempo y que tan poco es (necesitaba utilizar esa frase cliché). Imagínese cuantas cosas pueden pasar en 1,6 mts2 en ese lapso de tiempo. Por ejemplo compartir el viaje con otra persona. Casualmente uno siempre se encuentra con la vecina que no quiere encontrarse (en el palier del edificio claro está), y en ese caso tiene dos opciones. La primera es subir con ella y mirando el techo, efectuar preguntas de índole meteorológica como: “¡Qué calor! ¿Irá a llover?” A esto seguramente le responderá “Dicen que sí…”. Una variante es emitir afirmaciones cuasi retóricas como “¡Tiempo loco!” de las cuales obtendrá una respuesta hablada por parte de la interlocutora del tercer piso, o no. De no obtenerla la vecina lo mirará, pensará la respuesta hacia sus adentros, pero solo asentirá y seguirá esperando que pasen los números.

Pero para todo hay una segunda opción y vaya que se necesita en estos fortuitos y oportunos encuentros sociales (recomendada a personas reservadas y/o resentidas). Se trata de levantar la cabeza con aires de superación, despegar los talones del piso y frenar el peso del cuerpo con la punta de los zapatos, luego balancearse hacia atrás, frenar nuevamente y bajar bruscamente la mirada enfocando un punto fijo cercano a la puerta. Acto seguido levantar la frente una vez más y volver a empezar el ciclo hasta que el “tin” del ascensor anuncie la tan preciada llegada a su piso. De esta manera evitará cualquier comunicación verbal y podrá remarcar otra vez su rechazo haciendo sonar la puerta con fuerza.

¿A cuál va?

Cuando uno se encuentra en un elevador desconocido, generalmente se encuentra gente que nunca ha visto: ¿A cual va? Al cuarto. Quien se acomodó primero cerca de la botonera oprime el correspondiente a su destino y luego varias veces el número 4, porque no sabe si el ascensor tiene memoria o quizás cree que no le hizo caso (no falta quien aprieta varios segundos el botón, como para que la máquina se cerciore de que va a ese piso y no a otro). Esto no será comprobado hasta llegar, donde el primer individuo se quedará tranquilo para luego oprimir nuevamente el de su correspondiente interés. En cuanto al trayecto que comparten y, para pasar el tiempo, ambas personas optan por mirar el reloj, arreglarse el pelo frente al espejo y de cuando en cuando dar lugar a la física y hacer el balanceo antes mencionado.

En la película “Amor Ciego” un gordo (el protagonista que no recuerdo el nombre) se queda atrapado en el ascensor durante algunas horas con una especie de maestro psiquiatra - o algo así – que lo convence de ver el interior de las personas, una cosa como que los feos son lindos y viceversa. De este modo el protagonista sale tergiversando la realidad, y en adelante se producen situaciones un tanto tontas de acuerdo a ello. En mi caso nunca le había temido a quedarme encerrado, de hecho me pasó unas cuantas veces, pero desde que vi este afamado film, tuve miedo de conocer alguien así y terminar enamorándome de aquella molesta señora del tercero. A su vez hubiese perdido las esperanzas de encontrarme a las chicas del séptimo, que por cierto siempre que yo entraba ellas salían. ¿Conoce a Murphy?

Una vida de altibajos

En las oficinas públicas y/o centros de atención médica, edificios importantes, etc., existen los trabajadores del ascensor, los llamados “ascensoristas”. Son fáciles de identificar. Primero porque están dentro del ascensor y acaparan la botonera. Segundo porque son los únicos que toman asiento durante el trayecto. Cuantas veces pensé: “Vengo tan cansado, ¡Cómo me gustaría sentarme aunque sea estos 45 segundos!”.

Los ascensoristas son parte de la maquinaria. Solo oyen lo que dicen los pasajeros: “Al cinco. Once. Al ocho. ¿Baja? No señora, no hay subsuelo” pero nunca les hacen caso, porque aprietan todos los botones, del PB al 12 (estos valores se ajustan a la cantidad de niveles de cada edificio). Obviamente se detiene en todos los pisos y cuando nadie baja - o nadie sube – aprieta el ->··<- para cerrar la puerta más rápido. Para su desgracia tanto los antiguos como los más modernos ascensores demoran la misma cantidad de tiempo en cerrar (y a veces más), así apriete cien veces el botón o ninguna.

Espero entonces que esta sarta de recomendaciones tácitas en referencia al tema que nos convoca, le sean de utilidad porque la verdad es que no hay nada que moleste más que una persona impaciente o pesada en un ámbito como este. Como dijo el señor de la mano en la barriga: “Vísteme despacio que estoy apurado”, o sea, con una vez alcanza.

jueves, marzo 17, 2005

"Ser Magioso Hoy" - Petit analité y una anécdota de César F. Lespiedo

Según algunos especialistas, las artes o ciencias del ocultismo nunca fueron tan ocultas como en los tiempos que corren. Tal vez uno de los más intrigados por esta premisa, fue el perito César Lespiedo, quien trata de cerca con estos enigmas casi a lo largo de todo su primer libro, “Ser Magioso Hoy”. Dicha obra tiene como punto de partida una cita de otra obra de su autoría “Ser Magioso en la Edad Media”. Pero ésta a su vez es una cita de “Soluciones complicadas a problemas simples” del gran historiador Jumjëm Müller. Como suele hacer y sin miedo a las críticas o a la ley de los derechos de autor, C. F. Lespiedo ha adoptado y criticado miles de fragmentos de otros coetáneos de mayor prestigio - e inteligencia -, considerándolos como propios. En sus primeras investigaciones sobre las cuales trata el presente artículo, se introduce en estos terrenos casi inexplorados de la magia, y afirma que si bien estas actividades de hechiceros y brujos han sido “celosamente guardadas y trasmitidas de generación en generación a un grupo reducido de oscuros clanes”, hoy no son más guardadas que antes, y agrega, “varias fórmulas mágicas y poderosos trucos han muerto con sus maestros” (CFL 1946).

En el segundo capítulo de su célebre libro “Ser magioso hoy” (triste alegoría de poca base epistemológica), enfatiza la idea de que el término magia deriva de una cultura indígena sudamericana (yendo en contra de los descubrimientos en Altamira), y no duda en hacer un desglose de la palabra de manera muy sintética. A continuación transcribiremos textualmente las palabras de C. Lespiedo:

“… El término magia ha de ser considerado un concepto que involucra muchos saberes, entre ellos, varios. La cuna de la magia reside en el imperio Maya, ¿o a caso es casualidad que se hayan denominado a sí mismos de esa manera?. Magia deriva de Maya, ma que significa mío, “y” (en su pronunciación de “i” latina gutural stacatto), y “a” que combinada con la “y” significa secreto (mi secreto)…”

En cuanto a lo que ud. estimado lector se ha de preguntar, la “g” solía ser un nexo hablado entre dos vocales, que sustituía la actual “h” de nuestro alfabeto y daba sentido al concepto. Tales deducciones infieren de las premisas básicas del éxito de esta civilización, tanto en obras de ingeniería como de arquitectura, el perfecto uso de las matemáticas, y por supuesto su aplicación en las artes menores. Todo tenía una armonía que iba más allá del hombre, “en esa época todo era fantástico y místico…” afirma.

Otro de los importantes pilares de los escritos del teórico, es la convicción absoluta sobre una desaparición inminente de tal cultura, en palabras de Lespiedo: “… hicieron floff… y nadie los vio más…”. Cierto fue que nadie dio crédito a lo que el erudito describía, por lo cual quien haya leído alguna de sus obras, no tardará en creerlas como“jamás vistas” y “ojalá nadie más las vea”. Gracias a estos preceptos y algunas publicaciones locales sobre su vida íntima, el filósofo español permaneció durante años en el más desgraciado anonimato.

A finales de 1969 el búlgaro Thomas R. Burthon en uno de sus viajes por el sur de Croacia (vaya ud. a saber qué era lo que le atraía), se encontró con una copia de “Ser magioso hoy” en el revistero del baño de un hotel de poca monta. Luego de leer las primeras páginas, decidió emprender la búsqueda exhaustiva del autor de semejante teoría. Por supuesto tratar de encontrar un escritor desprestigiado y abandonado, se tornaría una tarea difícil, pero no menos interesante. Cuando llegó a España, se alojó en la casa de la Duquesa Corteza de Salazar, y como era de esperar, tardó algunos meses en encontrar la imprenta donde se habían mandado a hacer las primeras copias del libro.

Su búsqueda concluyó en un pequeño pueblo a 700 kms. de Bilbao, donde pudo determinar inmediatamente con qué empezaba a lidiar; con el fracaso rotundo. Caminó durante horas hasta dar con el sitio. El lugar parecía un galpón de hortalizas y alimentos para ganado, pero curiosamente no había animal alguno en por lo menos un par de millas a la redonda. Empujó el portón y se introdujo al recinto con la ansiedad de un niño y su dulce. Para su sorpresa lo único que vio fue una máquina llena de polvo y telarañas que decía “Built in 1887, Made in China”. Mientras Burthon examinaba tal reliquia, un viejo de aspecto tosco apareció por detrás y sin dudarlo lo acuchilló tantas veces como pudo. Pronto se supo que tan solo era un loco suelto que se había fugado de un manicomio cercano. Ante tal desventurado suceso, la Duquesa de Salazar decidió terminar con la investigación ocultando todo el material hallado por Burthon en una de las bibliotecas secretas de su mansión. Seguramente no valía la pena seguir adelante con esto.