La sociedad del ajedrez

Al veterano Derossi le gustaban mucho los juegos de mesa. Encontraba especial placer en el ajedrez, juego con el que pasaba horas armando y desarmando estrategias para vencer a cuanto rival se le presentase. Pero llegó un momento en la vida del veterano, en que solo pensaba en esta bélica actividad; soñaba con el desarrollo de verdaderas batallas e incluso en una época se hizo llamar “el alfil de su majestad”. Muchas veces creído que estaba en pleno tablero, asustaba ancianas en la calle gritándoles al oído: “¡jaque!”. El descontento de quienes lo rodeaban crecía en proporción a la ambición que tenía de llegar a ser algún día su mismísima majestad, y dominar la tierra desde atrás de una torre, con tres fieles peones al frente (quería saber qué se sentía enrocar).
Una de las cosas que jamás entendió fue el cómo se le había ocurrido a una comunidad india en el siglo IV a.c. el crear una realidad tan distinta a la que había, pero tampoco se preocupó demasiado en investigarlo. Cierto fue que los persas adoptaron luego este enigmático juego y establecieron las reglas que más tarde llegaron a oídos de Derossi. Tanto había pensado la manera de enriquecer sus diabólicos planes de conquista, que terminó metiéndose en aquél mundo medieval, y llegó a hacer una crítica de esa sociedad.
La sociedad del Ajedrez (composición lúdico-burocrática)
“Para empezar el juego se divide en dos bandos, las blancas y las negras; función operativa para distinguir a los adversarios y con cierto tono racista, porque son las blancas las que siempre dan el primer golpe, y las negras las que se defienden. Detrás de cada ejército hay una mente que ha de ser creativa y calculadora, y como siempre, los más débiles son los que van al frente, me refiero sin lugar a dudas a los peones. En la línea de acción estos pequeños personajes - que tienen más base que cabeza – son víctimas de una malévola demagogia, les dan la posibilidad de empezar con dos pasos, pero luego avanzan casi como pisando baldosas flojas, de uno en uno.
El peón promedio no alcanza a pasar la mitad del campo de juego, lo que le da la posibilidad a las demás piezas de armar sobre la marcha nuevos planes a raíz de la suerte que corran sus débiles compañeros. Una característica muy remarcable en ellos, es que les fue prohibido retroceder, y si desean matar, tendrán que hacerlo de costado, mientras el rival se encuentre indefenso. Pero esta demagogia a la que me refiero en el párrafo anterior, tiene un sustento aún mayor. El peón ya comienza pensando en que, de llegar a tierra enemiga se convertirá tal vez en una bella reina, lo que me hace suponer que estos simpáticos personajes poseen una dudosa idea sobre su orientación sexual.”
Duros fueron los comentarios que le atribuyó a una parte tan elemental de este juego, sin embargo podríamos creer que fue debido a su pasado de pobreza. Él sentía cierto rencor hacia las figuras de mayor jerarquía, y lo denuncia a lo largo de toda su crítica, pero sus ansias de superación igualmente lo llevaron a querer emularlas a cualquier costo. Y tenía un vecino gay.
“Pasemos ahora al noble caballo. Es éste un animal utilizado para todo tipo de trabajos, y por supuesto no se iba a librar de ir a una batalla. Si bien los equinos - como cualquier otro animal – nacieron para ser libres, son víctimas una vez más de la crueldad humana, y, a diferencia de los peones, éste puede combatir a distancia, teniendo como espectro máximo un espacio de ocho movimientos a campo traviesa.
El caballo no entiende porqué nació caballo y yo no entiendo por qué nací humano, sólo que él no se lo cuestiona, por lo tanto no materializa su sufrimiento. Simplemente se limita a una serie de rayuelas en las que tiene la única alternativa de dar dos pasos y uno al costado.
Por otro lado el alfil (ese soy yo), es el infalible defensor de la realeza, pudiendo clavar sus espadas con alta efectividad desde una distancia máxima de ocho casilleros, esto es, que puede matar desde su propia tierra a tierra enemiga sin problemas mayores. Es cierto que no salta como el caballo, no posee esa destreza, pero sí puede asustar hasta al más rudo de los oponentes inmiscuyéndose diagonalmente en cualquier lugar en que pueda caber, por eso lo quiero tanto.”
Las lecturas personales que hace Derossi de este antiguo juego hacen dificultosa la tarea de entender el texto o su objetivo. Al incluir juicios de valor se vio por mucho tiempo asediado por la justicia materna, en aquél momento no era permitido que un hijo hablara de sexualidad como quien habla de variedades de plantas, y menos identificarse con un paladín tan traicionero como lo era el alfil.
“Para qué hablar de la torre. No hace nada. Amenaza, come, y huye despavorida ante cualquier situación de peligro. Encerrada empieza el juego y encerrada debería de terminarlo, porque es muy fácil no aparecer hasta el final y después coronar la victoria. Eso hacen las torres.”
Es verdad; para qué hablar de las torres si no hacen más que vigilar hasta que no haya moros en la costa y atacar solo cuando le conviene. Pero a esta idea de Marco yo le haría un agregado. No hay que olvidar lo que él mismo dijo sobre la defensa que aporta a la corte cuando los tiempos son duros. La posibilidad de hacer enroque es un plan de emergencia que se puede adoptar siempre y cuando el rey no se haya movido en toda la partida, es decir: tampoco hace nada hasta que se esconde detrás de uno más fuerte que él.
“Si hay algo en lo que tuvieron toda la razón los persas, fue en incluir a una mujer en calidad de heroína en el tablero. No nos damos cuenta de cuán importante es hasta que sale al mejor estilo Cowgirl, mata a todo el mundo, hace destrozos y da por finalizado el juego. Vaya que refleja esta sensual figura la carne propia de una mujer de mando.
La principal habilidad de la reina, es el poder carnalizar la personalidad y las aptitudes de cualquier compañero de batalla, menos, claro está, las del caballo, porque las reinas no saltan.
Ella puede ir a donde quiera, y donde sea que llegue, asusta y se come al que se le interponga. Su principal misión es defender al esposo y comerse el de otra. Como en la realidad, es la que ejecuta sin preguntar las relaciones diplomáticas que el rey dispone, por tanto no deja de ser una dominada. Pero ¿qué sería del rey sin su reina?”
En esta parte de mi análisis sobre las raras pero certeras ocurrencias de Marco Derossi, me deja sin palabras. Aunque me plantea ciertas interrogantes, como por ejemplo, ¿por qué no hay príncipes? Quizás estarán aprendiendo a ser reyes, haciendo uso de todos sus beneficios pero sin habérselos ganado en ninguna batalla. En la vida cortesana, todo es cuestión de herencia. Lo impactante está por venir. Llegamos junto al veterano a la descripción de su majestad, el rey.
“El máximo exponente del juego y por quien todos pelean lo único que hace es mirar todo por televisión. Tiene la esperanza de que su ejército gane, de lo contrario, arma las maletas y empieza a correr. Como vivió una vida de comodidades, tiene poca destreza física, por lo que su paso es de uno en uno, y ante el no saber para donde agarrar, se le privilegió con un movimiento hacia cualquier parte, que generalmente se torna aleatorio.
Seguramente lo velarán con honores y lo enterrarán en algún palacio, pero no tengo nada que envidiarle, el coraje de un alfil solo se compara al de un peón sin espada, esclavo de la demagogia antes mencionada y de corta mentalidad. Quiero decir que los peones tienen corta mentalidad.”
Sobre el final del juego el rey tiene entre sesenta y dos y sesenta y tres lugares posibles a los cuales escapar, aunque en este último caso, opta por darle la mano a su real oponente y decirle: “¿Que tal si empezamos de nuevo?”.


1 comentarios constructivos:
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